En esos
tiempos la gente no se miraba, es más, ni sabían quién era su vecino, su
compañero de trabajo y mucho menos sabían quién era su jefe. Las personas
caminaban y caminaban con la mirada clavada al suelo, igual que un poste de la
luz, o un hidrante de esos rojos que ubican en las esquinas para alguna
emergencia. En ningún momento había contacto visual, para ellos el color de los
ojos no importaba, ni sabían qué era eso.
La ciudad
en la que vivían se desbordaba en lujos: carros fabricados por las mejores
marcas, tiendas de los mejores diseñadores, supermercados con los alimentos más
nutritivos y las frutas más coloridas que se pudieran encontrar por esas
tierras, las bebidas eran deliciosas, los árboles mostraban el verde más verde
que jamás se pudiera ver en la vida, es resumidas cuentas, el lugar era un
paraíso que cualquier persona soñaría y daría lo que fuera necesario para vivir
allí o por lo menos para darse un paseo en sus vacaciones. Pero esta ciudad, a
pesar de tener tantos atributos tan sorprendentes se seguía viendo vacía,
carente de emoción, de vida, de alegría y entusiasmo, faltaba esa chispa que le
pusiera el toque de sabor a cada día, faltaba esa persona que se atreviera a
levantar la mirada y lograra ver lo que tenía al frente, las personas que se
movía a su alrededor, el señor que lo atendía en el almacén o la señorita que
servía su café todas las mañanas, faltaba ese impulso, ese valor que hasta el
momento y desde la creación de esa ciudad nadie se había atrevido a tomar.
Las
historias y los recuerdos eran lo que menos le importaba a la gente, ¿para qué
recuerdos si no sé con quién los viví?, esa era la pregunta que muchos me
hacían cuando yo les hablaba del tema. Y es que ese era un asunto que
necesariamente debía abordar, era impensable hacerle la propuesta a alguno de
los habitantes de esa ciudad sin provocarlos primero a tener la experiencia de
recordar. Esa situación que ellos presentaban, me dejó sin palabras, no podía
creer que una persona capacitada, con buen estilo de vida, con lujos, salud,
buena apariencia física y estabilidad económica, no se interesara por nadie en
la vida, ni por saber quiénes fueron sus padre, o si existe algún hermano, para
esta gente eso era irrelevante.
Me di a la
tarea de empezar a diseñar un plan, una estrategia que me permitiera cautivar
la atención de alguno de ellos, que me diera aunque fuera unas horas para
explicarle lo que tenía en mente y todos los beneficios que le podría traer
aceptar mi propuesta. Al principio no fue fácil, era demasiado incómodo intentar
hablarle a unos entes que se parecían levitar por las calles y aceras de la
ciudad, y que misteriosamente en ningún momento se tropezaban unos con otros,
era como si sintieran la presencia de los demás y simplemente los esquivaban.
Definitivamente –pensaba yo- el hombre se acostumbra a vivir de la forma que
sus semejantes lo hagan.
Un día
cualquiera, me desperté con una sensación maravillosa, presentía que algo bueno
iba a suceder, no sabía qué o cuándo, mucho menos dónde, pero era tan fuerte la
forma en que palpitaba mi corazón desde el momento en que abrí los ojos esa
mañana, que salté de inmediato de mi cama, tome mi abrigo y un trozo de pan, y me dirigí hacia el centro
de la ciudad, nuevamente pensé, algo bueno va a suceder. Era tanta la emoción
que estaba sintiendo, que por poco dejo pasar un detalle que fue lo que cambió
la historia de toda esas población, fue la primera señal que me abrió el camino
y más que a mí, fue a todos los que se dieron la nueva oportunidad.
Ese
detalle, fue algo que nunca antes había pasado, un ciudadano se tropezó
conmigo. Su hombro chocó con el mi hombro y de inmediato las miradas se
cruzaron, quedé paralizado, esa mirada virgen, nunca antes vista por nadie me
causó gran intriga, en realidad, fueron miles de emociones en un segundo las
que pasaron por mi mente, creería yo, que esa sensación se compara con lo que
siente una madre al dar a luz, o lo que siente un adicto al consumir su droga.
Seguí paralizado, el tiempo pareció detenerse, el contacto visual cada vez se hacía
más intenso, era inevitable no mirarnos. Todo lo que tenía planeado para ese
momento, todas las estrategias que había desarrollado para afrontar esa
situación de manera más controlada se fueron al carajo, olvidé por completo mis
habilidades, sólo quería dejarme llevar por fantasía que me producía mirarlo,
parecía como si el resto de la gente hubiera desaparecido, éramos él y yo,
frente a frente, no necesitamos palabras, nuestras miradas lo decían todo, sin
ponernos de acuerdo nos fuimos a viajar.
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