jueves, 25 de agosto de 2011

Descripción Bar

A un lado, una pizzería con precios muy poco comunes para la zona en la que está ubicada, al otro lado, un barcito de música cross over, en el medio, el bar al que fui esa noche, una entrada con 4 escalas que llevan a un semi balcón, como los de las casas viejas, usado como espacio para fumadores, tiene 6 puff naranjados y 3 mesas negras, barras de seguridad blancas y una carpa naranjada que cubre esa zona.

Entré al bar, escuché rocksito suave y fiestero, un ambiente cómodo que provoca quedarse allí. Al lado izquierdo 4 mesas con sillas acolchadas de color negro y mesas en forma de cubo negras, al lado derecho 6 puffs y  4 mesas en forma de “C” blancas. Al fondo, unas escalas metálicas negras que llevan al segundo nivel y bajo éstas, la caja, a un lado la barra,  que es de color negro, en la que se podían ver varios shots de muestra, entre ellos un azul intenso que llama la atención, tanto que lo compramos, y apenas si lo probamos; las cartas y  un computador desde el que ponen la música, arriba, pegado a la pared, un televisor en el canal Sony.

En el segundo nivel un futbolito, 5 mesas: 2 a la izquierda y 3 a la derecha, cada una con un mueble para unas 3 ó 4 personas y con cojines amarillos con el logo del lugar. A la izquierda los baños, con puertas en forma de acordeón color café oscuro, el interior del baño de mujeres era la mitad con baldosa gris que parecía madera vieja y el resto pintado de blanco, tenía espejo y lavamanos y el logo a un lado.


Cuatro escalas que bajan a la zona “VIP”, un espaciecito entapetado con 4 puffs, 2 muebles, 5 cojines y, al fondo, en una pared amarilla oscura,  al menos unos 40 cuadros de artistas musicales, en un estilo muy pop art.

La iluminación del bar eran lámparas colgantes muy opacas y amarillas, casi naranjas;  las paredes pintadas de blanco, y en ciertas partes, con textos en plotter verde de diferentes autores, alineados de tal manera que van formando figuras de animales y generan un ambiente natural.


Al lado del sofá donde estaba sentada, en la zona VIP, un señor de esos gordos con una cadena gruesa de oro y un anillo muy vistoso. Para el tipo de gente que vi ese día en el bar: adultos jóvenes, de no más de 30 años, él no parecía encajar muy bien, pero era el dueño de la pizzería de al lado, la que era muy barata. Con él otros dos muy bien vestidos pero más jóvenes y dos mujeres de vestidos cortos,  mucho escote, tacones altos.

En su mesa, varias botellas de Old Parr, y unos shots para ellas, se sentía el  ambiente tenso y se escuchaban sus voces gruesas, sobretodo la del señor gordo, hablando cada vez más fuerte, a medida que servían más trago.

Parece ser que la pizzería era un muy buen negocio, daba excelentes ganancias, sobretodo porque era la fachada de un lavadero de dólares. Contaba el señor gordo, al que le diré Edgardo, algo de un viaje peligroso de mucho dinero y sobornos: “Si coronamos esta vuelta nos lukiamos”; sus carcajadas estruendosas cerraba todas esas frases, seguida de las risas de los otros y de las risitas ignorantes de las 2 mujeres.

Edgardo les contó a los otros dos que la pizzería resultaba una excelente fachada, por la zona, porque parecía muy “transparente”, porque en realidad la comida era buena como el servicio y pese al precio, nadie sospechaba, porque no muchos sabían que era su negocio.

Su primo, que también era un hombre de negocios (ilícitos), fue el que le ayudó a Edgardo a iniciarse en este camino, aunque el otro trabajaba más con drogas, entre los dos organizaron un lugar para lavar dólares, y eso empezó a funcionarles muy bien, comentó él, pero al primo “le dieron de baja” y él siguió con el negocio familiar.

Comentó varias veces lo del viaje, lo repetía cada vez más duro, se sentía orgulloso de que todo fuera bien con su “vuelta”, el viaje está listo, los policías comprados; él estaba seguro de que todo saldría bien.

Yo escuché la mitad de la conversación mientras me comía una de esas pizzas, realmente si eran buenas, me tomé un último café con amaretto y los de al lado siguieron comentando sus negocios,  mientras las viejas hacían de adornito y se reían de todo sin importarles qué era, sólo les importaba un buen pago al final de la noche.

Salí del bar mientras escuchaba “Wonderwall” de Oasis, y más risas de fondo. Afuera, un poco de frío y salsa en el bar de enseguida.


Por: Natalia Pérez Ospina

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