A un lado, una pizzería con precios muy poco comunes para la zona en la que está
ubicada, al otro lado, un barcito de música cross over, en el medio, el bar al
que fui esa noche, una entrada con 4 escalas que llevan a un semi balcón, como
los de las casas viejas, usado como espacio para fumadores, tiene 6 puff
naranjados y 3 mesas negras, barras de seguridad blancas y una carpa naranjada
que cubre esa zona.
Entré
al bar, escuché rocksito suave y fiestero, un ambiente cómodo que provoca
quedarse allí. Al lado izquierdo 4 mesas con sillas acolchadas de color negro y
mesas en forma de cubo negras, al lado derecho 6 puffs y 4 mesas en forma de “C” blancas. Al fondo, unas
escalas metálicas negras que llevan al segundo nivel y bajo éstas, la caja, a
un lado la barra, que es de color negro,
en la que se podían ver varios shots de muestra, entre ellos un azul intenso
que llama la atención, tanto que lo compramos, y apenas si lo probamos; las
cartas y un computador desde el que ponen
la música, arriba, pegado a la pared, un televisor en el canal Sony.
En
el segundo nivel un futbolito, 5 mesas: 2 a la izquierda y 3 a la derecha, cada
una con un mueble para unas 3 ó 4 personas y con cojines amarillos con el logo
del lugar. A la izquierda los baños, con puertas en forma de acordeón color
café oscuro, el interior del baño de mujeres era la mitad con baldosa gris que
parecía madera vieja y el resto pintado de blanco, tenía espejo y lavamanos y
el logo a un lado.
Cuatro
escalas que bajan a la zona “VIP”, un espaciecito entapetado con 4 puffs, 2
muebles, 5 cojines y, al fondo, en una pared amarilla oscura, al menos unos 40 cuadros de artistas
musicales, en un estilo muy pop art.
La
iluminación del bar eran lámparas colgantes muy opacas y amarillas, casi
naranjas; las paredes pintadas de
blanco, y en ciertas partes, con textos en plotter verde de diferentes autores,
alineados de tal manera que van formando figuras de animales y generan un
ambiente natural.
Al
lado del sofá donde estaba sentada, en la zona VIP, un señor de esos gordos con
una cadena gruesa de oro y un anillo muy vistoso. Para el tipo de gente que vi
ese día en el bar: adultos jóvenes, de no más de 30 años, él no parecía encajar
muy bien, pero era el dueño de la pizzería de al lado, la que era muy barata.
Con él otros dos muy bien vestidos pero más jóvenes y dos mujeres de vestidos
cortos, mucho escote, tacones altos.
En
su mesa, varias botellas de Old Parr, y unos shots para ellas, se sentía el ambiente tenso y se escuchaban sus voces
gruesas, sobretodo la del señor gordo, hablando cada vez más fuerte, a medida
que servían más trago.
Parece
ser que la pizzería era un muy buen negocio, daba excelentes ganancias,
sobretodo porque era la fachada de un lavadero de dólares. Contaba el señor
gordo, al que le diré Edgardo, algo de un viaje peligroso de mucho dinero y
sobornos: “Si coronamos esta vuelta nos lukiamos”; sus carcajadas estruendosas
cerraba todas esas frases, seguida de las risas de los otros y de las risitas
ignorantes de las 2 mujeres.
Edgardo
les contó a los otros dos que la pizzería resultaba una excelente fachada, por
la zona, porque parecía muy “transparente”, porque en realidad la comida era
buena como el servicio y pese al precio, nadie sospechaba, porque no muchos
sabían que era su negocio.
Su
primo, que también era un hombre de negocios (ilícitos), fue el que le ayudó a
Edgardo a iniciarse en este camino, aunque el otro trabajaba más con drogas,
entre los dos organizaron un lugar para lavar dólares, y eso empezó a
funcionarles muy bien, comentó él, pero al primo “le dieron de baja” y él
siguió con el negocio familiar.
Comentó
varias veces lo del viaje, lo repetía cada vez más duro, se sentía orgulloso de
que todo fuera bien con su “vuelta”, el viaje está listo, los policías
comprados; él estaba seguro de que todo saldría bien.
Yo
escuché la mitad de la conversación mientras me comía una de esas pizzas,
realmente si eran buenas, me tomé un último café con amaretto y los de al lado
siguieron comentando sus negocios,
mientras las viejas hacían de adornito y se reían de todo sin
importarles qué era, sólo les importaba un buen pago al final de la noche.
Salí
del bar mientras escuchaba “Wonderwall” de Oasis, y más risas de fondo. Afuera,
un poco de frío y salsa en el bar de enseguida.
Por: Natalia Pérez Ospina
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