domingo, 21 de agosto de 2011

DESCRIPCIÓN DE UN BARCITO


Llegué a las 8:30 pm al mismo bar de siempre y con la gente de siempre. En la entrada, una pareja de novios parecía discutir algo realmente importante pues la chica lloraba inconsolablemente y él se llevaba sus manos a la cabeza una y otra vez como queriendo devolver el tiempo para evitar que sucediera lo ocurrido. Cuando entramos, decidimos sentarnos en otro lugar diferente al de siempre (para variar un poco) pero definitivamente comenzaríamos nuestra noche, como siempre, con la ronda de budweiser para todos.

Era una noche especial en el bar y por ello su decoración jamaiquina. El reggae que sonaba y un leve olor característico de este género nos prometían un rato increíble. La luz era tenue, casi oscura pero en algunos rincones brillaba la bandera tricolor de esta música y, como siempre, pero esta vez como en todos los bares del mundo las luces de los celulares prendían y apagaban.

En una pared de este bar hay unas velas encendidas en torno a una gran imagen que ocupa casi la mitad del espacio iluminando lo que parece un altar a un ídolo de este ritmo que por lo que se puede leer en el ambiente, calienta la sangre de los que lo escuchan.

Es un lugar pequeño y hay pocas mesas, es acogedor, música suave, especial, diría yo que familiar. Al fondo está la barra y en ella un hombre, se me hace conocido, creo que ya lo había visto por este lugar pero nunca antes solo. Al otro lado está la mesera, el amor imposible de todos los hombres que asisten al bar, es bonita y me cae bien pero es un poco lenta con los pedidos. Y a su lado está el dj, él es mi amigo y siempre pone la música que le pido.

Después de un largo rato, en cada mesa abundaban las botellas vacías de cerveza y se notaban los efectos del alcohol en la sangre y en la vejiga porque había una larga fila en el baño de mujeres.

Al lado de nuestra mesa se percibía una conversación interesante, habían cinco personas, seis con la que contaba la historia, él hablaba despacio y con un tono bajo para que nadie más escuchara. Por lo poco que cualquier humano con el sentido del oído sabe de mímica facial y lectura de labios, reconocí algunas palabras pero sin sentido por la falta de conectores entre ellas: planeta, cuchara, ciempiés, narizona, loca, mariposa (u otra parecida), vino, etc.; esto parecía más un sueño que una historia real pero el efecto que generó en sus compañeros era tal que a una mujer se le cayó la cerveza de su mano. Me hubiera gustado estar allí, me resultaba más interesante que escuchar a mi amigo hablar de su ex novia.

Al final de la noche, había un ambiente pesado gracias al olor del alcohol y a ese otro olor característico que nunca se fue. En la entrada del bar dos hombres muy borrachos se abrazaban y cantaban al unísono algunos versos de la canción black roses de Barrington Levy, las mesas ya no estaban tan limpias y ordenadas como cuando comenzó nuestra noche y ya no había mucha fila en el baño de las mujeres. 

Cristina Escobar V.

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