domingo, 21 de agosto de 2011

AGUA COMBUSTIBLE (Viaje al sexo)



“Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. El dolor era tan fuerte que me hacia lanzar gemidos, mas esta pena excesiva estaba tan sobrepasada por la dulzura que no deseaba que terminara. El alma no se contenta ahora con nada menos que con Dios. El dolor no es corporal sino espiritual, aunque el cuerpo tiene su parte en él. Es un intercambio amoroso tan dulce el que ahora tiene lugar entre el alma y Dios, que le pido a Dios en su bondad que haga experimentarlo a cualquiera que pueda pensar que miento... "

Santa teresa de Ávila (El libro de su vida)


El aire se hacía cada vez más denso, mi mente se iba imbuyendo en una nube de deseo insaciable y poderoso; una niebla que ni si quiera la luz más resplandeciente o el huracán más iracundo parecían poder disipar. Ella estaba ahí, caminando hacia mi lecho de placer  y muerte mientras que yo no hacía más que dejarme abrazar por una sensación dicotómica.  No estaba muy seguro de querer que las cosas fueran así pues había supuesto un momento mágico y puro; en el fondo sabía que ese lapsus no era más que un vano intento de apagar una llama creciente que desgarraba mis entrañas, pero hoy, reconozco que el fuego estaba mucho más adentro y que el agua con el que pretendía apagarlo era combustible.

Se fue acercando. Sus manos eran increíblemente suaves (nunca volví a sentir unas iguales); esa piel era tan tersa, tan lisa, tan mestiza, tan ella… que simplemente me olvidé de todo. Confieso que olvidé ese primer amor; confieso que no me importó pisotear las flores que había cuidado por tantos meses, pero (y aquí va el momento en el que como pecador intento justificar mi falta) ese deseo era poderoso. Tratar de contener ese feroz impulso de saciedad era como tapar la boca de un volcán lleno de lava y listo para hacer erupción, era como bloquear un geiser impidiendo que el agua y el vapor caliente brotaran a la superficie; definitivamente creía que era algo inminente. Sin embargo fui bastante ingenuo porque no razoné que los geisers están generalmente en zonas desérticas y que los volcanes al hacer erupción destruyen y matan.

En unos cuantos minutos se fue dispersando la niebla. Ese clímax perfecto y único por el que muchos años había esperado no era ya más que un punto de quiebre en mi línea de vida; empecé a pensar con más sentido y a percibir el mundo que estaba de mi cama hacia afuera. Cuando ella empezó a preparar su partida para evitar ser vista por otros me embargó un vacio. La sensación postrera no fue como me la había imaginado; mi carne hizo una verdadera descarga de energía, como cuando en los museos interactivos tocamos unas esferas llenas de magnetismo que nos erizan el cabello y tocamos el suelo para volver a la normalidad. Yo sentía que había tocado el suelo, el subsuelo, el núcleo de la tierra y que me había despojado de una gran cantidad de energía acumulada pero estaba como inerte, como con ganas de repetir el viaje pero no de la misma manera, como con ganas de hacer un flashback y hacer ese primer viaje recorriendo una piel que no conocía en todas sus dimensiones pero que aún me sorprendía y de la cual tenía la certeza que aguardaba por mí.

Me bastaron esos segundos para dimensionar un poco la finitud 
de lo visible y de lo sensitivo


Óscar Eduardo Rendón Cardona

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