
Día vuelta a la sección de anuncios del diario y vi que mi
clasificado fue publicado con éxito: “el juego inicia de nuevo. ATT:
Frederick Lazarus”. Después de haber perdido hasta mi nombre y de haber
participado durante un año de un juego suicida, siempre en la posición
defensiva, sentí un gran alivio al haber hecho un movimiento de ataque contra
del Señor R. Ese día la venganza me supo a cereza, como a la que está en la
punta de un apetitoso helado; sabía que era un buen inicio para destruir la
vida de aquel anónimo que me llevó al infierno pero también sabía que aún
faltaba todo el helado por disfrutar.
Rumplestiltskin volvió un caos toda mi vida,
aquella que había armado minuciosa y solitariamente durante más de cinco
décadas. Un día cuando llegué a mi casa, debajo de la puerta había un pequeño
sobre con una R grabada en el reverso. Cuando lo abrí sólo fue necesario leer
la primera frase para que mi corazón se acelerara y mis pensamientos de
psicólogo cavilaran mil y un conjeturas: «Feliz
53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte”. La carta era
muy concisa en su misión; si no lograba descubrir la identidad del Señor R yo
debía suicidarme o en su defecto matar a una persona cercana para salvarme. Si
no lo hacía yo Rumplestiltskin prometía
hacerlo. Ese fue sólo el comienzo, el detonante del caos, de mis miedos; por
eso retar al señor R con ese anuncio en el periódico significaba para mí el
comienzo del fin, un fin que anhelaba con fuerzas; fuera cual fuese.

Con la vuelta de la hoja siguiente empezó a suceder algo
inesperado. Recuerdo que comencé a reducir de tamaño, mis manos manchadas por
el sol empezaron a blanquearse y la ropa comenzó a quedarme un poco más
holgada. Recuerdo que incluso se hizo confusa mi memoria; como si de repente
vaciara y guardara en un cajón los
cientos de pisoanálisis, mujeres, odios, Rumplestiltskin, todo. De hecho la
habitación comenzó a cambiar, arbustos comenzaron a surgir de cada rincón y de
cada pared. Estaba en el bosque de pinos que solía visitar cuando niño; el olor
y la sensación al pisar las piñas con cada paso que daba no daban lugar a las
dudas que había vuelto a ser ese pequeño Ricky lleno de sueños y curiosidad
(porque fue precisamente esto lo primero que se evaporó cuando me abrasó la
vida adulta). Instintivamente comencé a seguir el sendero que se había marcado
con el constante paso de los caminantes y después de esquivar cientos de ramas atravesadas
en el camino se abrió ante mis ojos un vasto espacio lleno de agua, colmado por
todas las posibles e imaginadas variaciones del color azul, escenario de un
hermoso espectáculo de sirenas danzantes y juguetonas, abrazadas por lo
tentáculos del Kraken que se comportaba dócil ante la hipnotizante mirada de
aquellas damas acuáticas.

Di vuelta a la hoja y
regrese a mí, a mi cuerpo viejo, a mi ser desvencijado por tantos desvelos. La
luz de la habitación parpadeo un poco haciéndome levantar la mirada hacia el
sillón del frente en el que ahora estaba ella, toda lúcida, llena de vida:
Lo.Li.Ta. Se levantó del asiento y me
coqueteó con cada paso (ella se comportaba normal, pero mi mente tergiversaba la realidad), con la cadencia de sus piernas infantiles, con el volátil
movimiento de su vestido nuevo (era del color del melón). A pesar de que salió e la
habitación sin siquiera permitir un roce de nuestras pieles, me dejó con cada
fibra de mi piel extasiada, sólo pensaba en ese nombre, en esa silueta … en esa
figura niña … en ese nombre…………….ese nombre…………………………………………………….

La siguiente página me supo
a su ausencia, a vacío. Quise seguirla pero de repente me harté de ella, de las
mujeres, de los hombres, de la humanidad, de Rumplestiltskin, de todo. Deje a
un lado el eslabón que me tenía atado a la nave con la que viajé durante tantos minutos y me fui
quedando dormido. También pensé en la próxima vez. Quizás ya no sería Lotita
con su ternura e inocencia intacta, sería Paula con su salvajismo y constantes ganas de sexo.
Quizás las sirenas serían reemplazadas por hermosas dríadas para embelesarme en
la suave textura de sus manos.
ÓSCAR EDUARDO RENDÓN CARDONA
Bacanísimo hacer este trabajo... lo disfrute bastante... las fotos... el texto...
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