Las primeras páginas de mi libro, contaban vidas a medias de
algunos que trabajan en el arte de llenar a los otros con algo rápido y barato.
Caras quemadas por el sol, de cachetes colorados y muchas pecas, me quisieron
dar la bienvenida a la nueva historia que empezaba a leer.
Por alguna razón, empecé a perseguir a un señor flaco y
alto, con sombrero de copa y lentes pequeños por todo el lugar, era como un
guía que se perdía cuando quería, al que encontraba cuando me paraba a hacer
nada.
Muchos rostros de personas conocidas y de otras que
ignoraban se vinieron de frente, conocía el nombre de algunos y a otros tal vez
los recordaba cuando leía sus nombres, y como llegaban pasaban, armando algo
como un collage en mi cabeza, y al fondo, el alto flaco al que parecía
perseguir.
El collage cambió de pronto y cambié de capítulo, porque
empecé con un érase una vez un jardín gigante como el de los castillos de
cuentos, pero con menos flores y más gente, con menos realeza y más plebeyos… o
eso parecía. Entonces me interné en un mundo de muchas letras, de muchas
personas, de muchos niños, de gente diferente y parecida y de un señor con pequeños
lentes.
El jardín marcaba caminos diferentes, no seguí ninguno o tal
vez los seguí todos. Leí sobre una tarde soleada con niños jugando y corriendo,
cantando cuentos, bailando historias. A veces, como en un circo, payasos me
contaban más historias dentro de la mía, otros acentos me llamaban la atención
y le agregaban música a mi libro.
Persiguiendo, o guidada por el mismo señor, casi me metí en
otros cuentos pero algunos malvados me cerraban la nueva fantasía en las
narices, conocí de dummies, y hasta me sentí uno, me encontré con vampiros,
hombres lobos y todos esos que se han vuelto “clásicos”, que best sellers y
todos esos títulos que se dan hoy en día porque sí. Me topé con muchos, hasta
con Sherlock Holmes, incluso un par de viejas me querían leer las cartas pero
me hice a un lado, porque ellas no parecían lo que yo quería encontrar.
Caminando un poco más, comiendo crispetas mientras encontraba lo
que buscaba y perseguía al mismo señor, me encontró una rana, luego una
viejita, y así, un montón de personajes que me hacían perder mi objetivo, al
señor que no alcanzaba.
Mi camino lleno de particularidades era el cuento en el que
me metí cuando fui a la Fiesta del Libro y la Cultura, fue la historia que leí
mientras me antojaba de los libros, mientras recordaba mis cuentos favoritos de
cuando era pequeña, los de “Cuentos morales para niños formales”, mientras
deseaba vivir en una librería.
La literatura para mí es el método ideal de no ser más yo,
de pensar siendo alguien más, de hacer cosas que no haría, pero cada año,
cuando voy a la fiesta del libro, dejo de ser sólo yo, y empiezo a ser la niña
que juega, la dummie que no conoce, la joven que se sienta a escuchar una
conferencia, el consumidor que recatea libros, la turista que toma fotos, “la
avispada” que empieza a leer sin que el dueño se dé cuenta, y entonces todo se
convierte en otro mundo dentro de mi ciudad, en esta ocasión, en un cuento de
toda Latinoamérica, en una historia más, llena de letras en imágenes y en
portadas de libros.
Por: Natalia Pérez Ospina

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