lunes, 10 de octubre de 2011

¡Qué viva la música, el viaje a pié, el cine colombiano, Héctor Abad Faciolince y el suicidio!


Tres días recorrí, disfruté y caminé el jardín botánico de “pé a pá” ojeando y hojeando. Estuve en estado de observación permanente. Caminé, escuché, oí, leí, miré, reí y comí. Atisbé los horizontes de la Fiesta del Libro y la Cultura 2011 y me monté mi propia fiesta.

El primer día recorrí los pasillos del orquideorama antojándome de imágenes y páginas que por el momento no podía leer. El segundo día visité y me deleité con las artes escénicas y con el mundo ficcional que la fiesta traía: un circo con payasos propios, libros con personajes propios, hojas con letras propias y gente con vidas propias. El tercer día me mojé, sí, me mojé y tomé tinto mientras me secaba, veía y escuchaba a uno de los hombres que más me encanta escuchar o leer: Héctor Abad Faciolince. 

Faciolince había prometido un conversatorio sobre Razas y culturas antioqueñas, pero a última hora cambió la temática de su charla por un contenido diferente. Yo esperaba entonces que me hablara de una ciudad llamada Angosta, o de la Basura, o de amores furtivos, pero no; en esa ocasión nos hablaría sobre el suicidio. Y sí, aunque el suicidio es incómodo y me sofoca, debo admitir que fue  entretenido escuchar la inherente relación que existe entre el arte, la literatura y el suicidio. Aunque yo, radicalmente, opto por vivir. 

Luego del suicidio y de sonreír mirando a Simón el bobito, llevé a mi casa a Fernando González con su viaje a pié. En el camino me acompañó Andrés Caicedo recordándome qué es sentir ¡Qué viva la música! y finalmente me bajé de la fiesta con Osorio compartiendo percepciones de Realidad y Cine colombiano. 

Se acabó la fiesta y no me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra; pero sí me dejó letras, palabras, historias, risas, personajes, personas, saludos y hasta un premio. 

Por: Isabel Tibaduiza Calderón

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