El primer día recorrí los pasillos del orquideorama
antojándome de imágenes y páginas que por el momento no podía leer. El segundo
día visité y me deleité con las artes escénicas y con el mundo ficcional que la
fiesta traía: un circo con payasos propios, libros con personajes propios, hojas
con letras propias y gente con vidas propias. El tercer día me mojé, sí, me
mojé y tomé tinto mientras me secaba, veía y escuchaba a uno de los hombres que
más me encanta escuchar o leer: Héctor Abad Faciolince.
Faciolince había prometido un conversatorio sobre Razas y
culturas antioqueñas, pero a última hora cambió la temática de su charla por un
contenido diferente. Yo esperaba entonces que me hablara de una ciudad llamada
Angosta, o de la Basura, o de amores furtivos, pero no; en esa ocasión nos
hablaría sobre el suicidio. Y sí, aunque el suicidio es incómodo y me sofoca, debo
admitir que fue entretenido escuchar la
inherente relación que existe entre el arte, la literatura y el suicidio.
Aunque yo, radicalmente, opto por vivir.
Luego del suicidio y de sonreír mirando a Simón el bobito,
llevé a mi casa a Fernando González con su viaje a pié. En el camino me acompañó
Andrés Caicedo recordándome qué es sentir ¡Qué viva la música! y finalmente me
bajé de la fiesta con Osorio compartiendo percepciones de Realidad y Cine
colombiano.
Se acabó la fiesta y no me dejó una chiva, una burra negra,
una yegua blanca y una buena suegra; pero sí me dejó letras, palabras,
historias, risas, personajes, personas, saludos y hasta un premio.
Por: Isabel Tibaduiza Calderón

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