miércoles, 26 de octubre de 2011

Entre maldiciones e hijueputazos, Starck esperaba.


El día no iba bien, la semana no había empezado de la mejor manera, las actividades se sumaban una tras otra, los trabajos y los profesores parecían no estar de nuestro lado, del lado de los estudiantes. Yo sólo pensaba en la mejor forma para optimizar el tiempo, sacármelo de donde no existía, contaba cada segundo libre para adelantar, sin embargo sabía que ese día, al igual que los 3 días anteriores, lo que iba a dormir era casi nada.
Después de un almuerzo tipo Fórmula 1, llegó el momento de ir a clase, eran las 2pm, yo me mentalizaba para 4 horas de Lenguaje y Creatividad, pero a decir verdad, sólo iba a asistir a media clase, no tenía otra opción.
 Al llegar al salón nos cogió por sorpresa el anuncio de que la clase se iba a dar en otro lugar; pero no era otro salón, era al otro lado de la ciudad, íbamos a asistir a la Fiesta del Libro y la Cultura. En mi cabeza sólo rondaban los interminables  trabajos y responsabilidades que parecía que nunca iban a terminar, el cierre de notas del 20% me agobiaban, todo parecía ser un caos. “Para el Jardín Botánico muchachos, allá nos vemos”, esas fueron las palabras de Josué al salir del salón;  a mi me provocaba coger para otra parte,  aprovechar ese tiempo para otras materias, cualquier minuto que pudiera sacarle a la tarde me serviría enormemente. Después de meditarlo unos cuantos minutos, me dispuse  con otros 3 compañeros para dirigirnos a la dichosa Fiesta de la cual no quería ser invitado, Fiesta a la cual nunca había asistido y si no fuera por la presión de la toma de asistencia y la asignación de una actividad en ese lugar, muy seguramente no hubiera ido.
Comenzó el viaje, cerré los ojos, volví a abrirlos y ya me encontraba en el Jardín Botánico, todo el camino dormí, pero parecieron 30 segundos de recorrido, el agotamiento era abrumador, caminaba gracias a una energía divina que no permitía que me fuera a dar de bruces con el suelo. Yo necesitaba que el profesor nos viera, que se diera cuenta que habíamos asistido al evento. Realmente, no estaba en el lugar con la disposición indicada, todo me parecía atacado, los personajes que deambulaban por el lugar me acrecentaban el mal humor, deseaba teletransportarme al lugar donde necesitaba estar, la Universidad. Mientras caminaba y caminaba, viendo sin observar, hice un alto en el camino, un libro relució, sentí que me había llamado, que había estado esperando por mí durante toda la Fiesta, ese libro pedía a gritos, o mejor dicho, a letras, que lo sacara de donde estaba, que lo ojeara, lo oliera, lo tocara, lo sintiera, lo viviera. ¿Qué podría ser más importante en ese momento que poder tener en mis manos toda una colección de libros sobre diseño? El sueño, las ganas de dormir, los trabajos pendientes, todo eso se fue pa´l carajo, yo estaba teniendo una cita con uno de mis amores, el diseño.
Fuentes tipográficas, ilustraciones, rayas, círculos, logos, fotos, poco texto, mucho contenido; eso era lo que necesitaba, algo que me sacara de la situación en la que estaba. Phillipe Stark, a través de su biografía dio inicio a ese encantamiento que cada vez se hacía más fuerte; sus creaciones, sus edificios, sus exprimidores, sus bocetos, todo era digno de total admiración, ese hombre en algún momento revolucionó la concepción de “diseñar” junto a otros tantos colegas, que se encargaron de darle un cambio a lo que venía siendo rutinario y aburrido. Formas orgánicas y poco detalle, sin descuidar la intensión de la pieza, era simplemente magnífico.

Sin sentirlo, pasaron cerca de 50 minutos, yo estaba literalmente, embobado, me sentía como un niño en una juguetería, quería todos los libros de publicidad y diseño para mí. Hasta hice cuentas mentales de materia económica, esculqué los rincones de la billetera, cualquier centavo era bienvenido. Cuando pensé tener la suma necesaria, hice la pregunta del millón: “¿cuánto cuesta este libro?” Todo se silenció a mi alrededor, esperaba con ansias una respuesta alentadora, que me terminara de alegrar el día, ese día que había iniciado tan mal. “Si señor, ese libro cuesta doscientos cincuenta mil pesos”, no dije nada, casi me trago la lengua, los ojos se me quería estallar, esa cifra superaba mi presupuesto y lo hacía ver como una insignificancia, me aterrizó.
Viendo la hora, vuelvo a entrar en preocupaciones, mi cabeza se llena otra vez de mil pensamientos debido a las entregas. Todo volvió a la terrible normalidad.
Fue increíble ver cómo un simple libro, un montonsito de hojas, una sobre otra, pueden generar en una persona una reacción emocional tan profunda, sacándolo de la realidad, sin importar cuál sea ésta; un libro no necesita ser buscado, el libro busca al lector, entre ellos se crea esa conexión, tal como me sucedió. 




Por: Carlos Quintero F.

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